miércoles, 29 de abril de 2015

Zona de descanso.

   Extenso. Inmenso. Un pequeño camino, rodeado de altísimos árboles. ¿Por qué estoy en este lugar?, continuo el largo camino que no tiene fin. 
   No hay nada que ver, ¿qué estoy haciendo?, ¿cuánto más debo caminar?  Ya estoy cansado, tengo que continuar.
   No hay nada ver, creo que estoy dando vueltas en círculos, todo es igual, debí haber dejado una marca al menos. Ahora que me doy cuenta no vi un solo animal en lo que anduve. Me duele la cabeza, froto mi frente, levanto la vista y veo el final, por fin. Corro, corro. Otro camino lo atraviesa. Hay algo debajo de ese viejo árbol, un auto. ¿Debería acercarme?  
   Estoy de frente, no hay nadie, ¿debería subir? Abro la puerta lentamente. No puedo moverme. Tengo miedo. ¿Debería correr? Mis piernas no responden. Se supone que no había nadie, porque hay alguien dentro, estoy seguro que no vi a nadie. ¿Estará viva? No me atrevo a tocarla. Tengo que salir de aquí. Al fin puedo moverme, cierro la puerta lentamente. Ya no hay nadie. Mi respiración se acelera, escucho mis latidos. Retrocedo unos pasos, mi vista continua en el auto. Un golpe, ¿qué demonios sucede? Una mano se pega al vidrio -caigo- su rostro lleno de sangre esta vez, golpea el vidrio con fuerza, llora. Inmóvil otra vez. Tengo miedo. YA BASTA. YA BASTA. Continua golpeando, llora, se detiene, ella también tiene miedo. No se mueve.
   Unos pasos se sienten a un lado, no puedo levantar la vista. Continúo en el piso. Se abre la puerta, la toma de los cabellos, la arrodilla frente a mí. Por fin levanto la vista, él sonríe, ella continua llorando en silencio, yo solo observo. Lentamente saca algo de su chaqueta, todo es en cámara lenta, el dolor de cabeza otra vez. Es un cuchillo. Se pone a su altura, lame su sangre, sonríe, apoya el frio acero en su rostro. Mi corazón late fuerte. Esta vez no es miedo, lo estoy anticipando. Sus labios susurran algo. ¿Qué dice? ¡QUE SUFRA! Pone la punta de cuchillo en su mejilla, sonríe, ella llora, ¿Qué estoy haciendo? Estoy sonriendo. Le ordena que abra su boca, lo obedece –yo solo observo- lentamente penetra el cuchillos de una mejilla a otra, no grita, solo llora. Él grita de alegría, se ríe a carcajadas, llora de felicidad. Corta su cuello. Se pone serio.

   ¿Por qué sonríes? Me  pregunta… No lo sé, fue divertido. Él se marcha, camina tranquilo, se va tarareando algo. ¿Por qué sigo sonriendo?
   Era yo, era yo. 



miércoles, 25 de febrero de 2015

“Nunca Termina"


Solo fuimos por simple curiosidad, por supuesto antes de dirigirnos al gran festival tomamos ciertas precauciones. En realidad solo queríamos ser espectadores, queríamos confirmar los rumores. Durante el camino de ida, no había ningún tipo de medida que tomar, solo disfrutamos del viaje y del extenso campo al costado de la ruta; al llegar al pueblo estaba completamente lleno por los turistas, los bares y puestos de comidas estaban repletos. Bajamos del auto y comenzamos a dar vueltas por el pequeño lugar tratando de encontrar un hospedaje, quisimos hacer reservaciones pero era imposible ya que no hay teléfonos o señal, dado que éramos tres pudimos compartir habitación, el único lugar libre, no podíamos pretender lujos.
   Durante la noche comienza el festival que dura tres días, cada uno con cámara en mano, tratando de captar los mejores momentos. Los mejores momentos, bebimos y comimos delicias; al terminar la última noche del festival, fuimos a dormir para estar despiertos para lo que realmente fuimos, nos despertamos el cuarto día, descansados; la gente se estaba yendo, pusimos las cámaras al frente y al costado del coche. Nos pusimos en marcha, el pueblo que en un momento estaba lleno de gente, estaba desierto. Los bares y hospedajes cerrados, ni un alma. Al entrar en la ruta cerramos las ventanillas, según la información que recibimos no podíamos abrirlas, ni siquiera mirar a los costados de la ruta, siempre mantener la vista al frente.

    Mientras viajamos, nuestros ojos no podían creer lo que estaban viendo. Una nube de humos cubría los vehículos y estos se desviaban y se tiraban a la cuneta, haciendo que estos se pierdan en los montes. No podía con mi curiosidad, así que mire a los lados, un hombre de negro me saludo agachando su cabeza, tomando su sombrero, al levantarla su gran sonrisa, tanto macabra como hermosa hipnotizaba. En ese momento entendí porque los autos se desviaban, quien no querría caer en el pecado con semejante invitación, mi cuerpo se erizaba y quería entrar en ese lugar. Agradezco no haber estado conduciendo, si no habría sido nuestra perdición.